lunes, 14 de septiembre de 2009

Julio Herrrera y Obes y Paysandú: La pensión del horror (Cuarta Parte)

Mi primera noche en la pocilga estuvo signada por chillidos estridentes provenientes del cuarto contiguo, en donde la pareja de efebos que convivían allí se habían enzarzado en una disputa marital.

A eso de las 4 se acallaron los gritos y logré conciliar el sueño luego de echar Lisoform en las sábanas y lograr adormecer por unas horas al menos, los diferentes parásitos que convivían en mi lecho.

Las primeras luces del alba llegaron a mí trayéndome sonidos campestres de pitidos y gorjeos de pájaros. Pensé que estaba soñando, que estaba teniendo un sueño feliz y placentero; pero al abrir los ojos y ver un ave de aproximadamente 15 cm de altura junto a la puerta de mi cuarto comiendo migas de pan; volví a la cruel realidad.

La cúpula del patio - cuyos vidrios faltantes dejaban entrar plantas salvajes y agua de lluvia - permitía al mismo tiempo el pasaje de variada fauna del exterior.

Luego de levantarme - y observar cómo el maldito pájaro se escurría detrás del mueble color caoba de la habitación desapareciendo vaya a saber uno hacia adonde – me dirigí al cuarto de baño para tomar mi acostumbrada ducha de agua caliente de todas las mañanas.

Con cierto temor entré en el diminuto lugar, me despoje de mis ropas, y procediendo con suma cautela, levanté la llave general que permitiría el pasaje de corriente por los cables pelados y el calentamiento posterior del agua por el “chuveiro” destartalado.

Ésta comenzó a correr por mi cuerpo desnudo; o mejor dicho por distintas partes aisladas del mismo ya que el hilo del líquido elemento que caía era tan fino que solo lograba mojarme completamente al moverme en círculos concéntricos como en una danza árabe.

En medio de este intrincado proceso de higienización - en el cual me encontraba completamente enjabonado- la explosión de chispas al volar el vetusto artefacto y el consecuente salto de metro y medio que di chocando contra la pared de enfrente significó un gran percance que me amargó el resto del día.

Quitada la espuma del jabón con agua fría – recordemos que Julio no es un buen mes para hacerlo – y tras secarme sobre los restos del aparato esparcidos por el suelo; retorné a mi habitación para vestirme.

Imaginé que las puteadas en chino que proferí durante este suceso solo habían sido escuchadas por las paredes desnudas del horrible lugar, debido a que a esa hora de la mañana – presumía - todos los moradores de la pensión se encontrarían en sus puestos de trabajo.

No fué así...

Salí del cuarto con mejor ánimo que 20 minutos atrás - luego de escuchar un poco de música - y dirigiéndome hacia la cocina a tomar un refrigerio, escuché de repente a mis espaldas el sonido de un golpe seco.

La alimaña parduzca que acompaño el sonido volando hasta estrellarse en su camino con la puerta de la heladera, nunca debió haber visto venir la patada que le fué propinada.

“Bicho de mierda”, me dice entonces un flaco detrás mío, tras lo cual se me presenta: “Hola que tal soy Luis”

De la habitación contigua a la mía emergieron entretanto los dos hombres que discutían la noche anterior. Sus caras preocupadas,  miradas dirigidas al piso y voces histéricas llamando a: “Pepito…Pepito dónde estás” , eran el prólogo de la tormenta que se avecinaba.

Seguramente se  iban a agarrar un gran disgusto al saber que Pepito había pasado a mejor vida y yá no daría más vueltas en la ruedita de su jaulita color rojo púrpura.

Continuará…

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