miércoles, 2 de septiembre de 2009

Julio Herrrera y Obes y Paysandú: La pensión del horror (Tercera Parte)

El patio interior, al que accedimos con mi guía luego de traspasar el último escalón de la escalera marrón –cuyo color original intuí que podía ser blanco - era un capítulo aparte.

La primera impresión - que no siempre es la más acertada para guiarse por ella en esta vida - me causó tal desagrado; que atiné en ese momento a retroceder en forma inconsciente.

El arquitecto que construyó esta casa demencial; obviamente siguió la carrera sólo por el viaje de 6 meses a Europa que le permitiría alejarse por un tiempo de alguna institución psiquiátrica que lo mantendría retenido.

Si es que tal viaje existía hace 150 años; que parecía ser a vuelo de pájaro: la edad de la casa.

9 cuartos de formas irregulares - y sin sentido de las distancias entre sí - rodeaban el patio.

Una cúpula de vidrio sobre nosotros - de la cual helechos y otras plantas descendían arrastrándose por las paredes - dejaba entrar la lluvia del exterior; formando un enorme charco en el que casi me resbalo y desnuco al dar mis primeros pasos en la tétrica morada.

El único baño estaba situado en una esquina de este complejo edificio y ocupaba algo así cómo la mitad del tamaño que uno más o menos imagina que debe tener tal sitio para poder hacer sus necesidades sentado.

El duchero con unos alambres pelados que presumiblemente calentarían el agua para bañarse - más adelante veremos que no cumplían dicha función- no presentaba cortina alguna; el wáter sin tapa cuyo fondo…bueno mejor no describirlo; la ausencia de bidet y de espejo alguno para afeitarse y la puerta sin tranca; formaban un conjunto siniestro y metían un asquete que ni les cuento.

La cocina - integrada al resto de este caos; ya qué no poseía ningún tipo de separación- tenía como mobiliario una heladera semi podrida color verde y una cocina que por su apariencia externa -si es que en algún momento funcionó – podía haber perfectamente servido las mesas de comensales que vivieron allí durante La Guerra Grande.

Para rematar este espectáculo visual; por el costado de la cocina subía una escalera derruida de madera que llevaba a dos lugares; el lavarropas y la azotea.

El lavarropas se encontraba en un cuartucho pestilente y disponía de un mecanismo de ingeniería complejo de mangueras para efectuar el lavado de forma más o menos automática.

El cuartucho - a pesar de no ser creado para tal fin y "carecer de lo que lleva un baño adentro más allá de un balde ubicado en una esquina" - más adelante sería usado como "baño número 2" al romperse frecuentemente la cisterna de el de abajo.

He tenido pesadillas con las cosas que me ví obligado a hacer allí en los años que viví en La Pensión del Horror...ya que no tenía puerta. 

La azotea, era un espacio enorme y selvático en el cual coexistían: un tanque conteniendo agua verde con miles de parásitos jurásicos dentro, y el lavarropas manual, usado frecuentemente, debido a que la ingeniería del otro fallaba dos por tres.

A la vista de todo este caos, tuve un colapso nervioso y me vi obligado a salir  de la casa por unos instantes para tomar aire. No sin antes cruzarme con una canilla común y corriente dispuesta entre dos habitaciones – que de aquí en adelante sería muy útil ya que era la única que daba agua potable - y el tablero de corriente con tapones casi quemados - situado al borde de la escalera que llevaba a la salida - que tantos problemas daría...

Continuará…

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